viernes, 1 de noviembre de 2013

HUIDA AL OCASO



Cinco millones de ansiedades

 Es lamentable que, por la situación político-económica que vive este país de los tres mares, el exilio renazca en nuestra cotidianidad y amenace con quedarse mucho tiempo entre nosotros. La diferencia de aquellos que otrora tuvieron que huir para salvar su vida, los de hoy huyen para salvar su futuro y ponerse a cubierto de las inclemencias del torrencial desempleo que no cesa. Son viajes, maletas, despedidas, ilusiones atiborrando las alforjas del optimismo, aunque también  de muchas islas a la deriva, que se adentran con miedo en océanos desconocidos. Hay muchos sueños y también pesadillas ocultas en los pasos del titubeo. Sentimientos desgajados, liberados de sus ataduras, húmedos de otoños y de inviernos con sus nieves de incertidumbre. Otros, con una ilusión entre los ojos del miedo, llegan con la sal en los bolsillos capitaneando balsas al garete, con brújulas a la deriva, llenas de gritos y agujas rotas; eterna búsqueda de costas imposibles, de playas clausuradas. No saben que lo que les espera es la inseguridad más absoluta, vestida de  angustia, de ahogo y de asfixia para quien piensa que al huir de su país, los problemas se acaban. 
Los que emigran de este país hacia los confines de Europa, Asia o USA, afirman que sólo se van porque quieren alcanzar la libertad. Libertad económica, se entiende. Pero, en el fondo, todos se van en su “patera” particular hacia lo desconocido, que puede ser la perplejidad, el dilema de convertirse en extranjero para siempre. Aun así, estos hombres y mujeres, ilustrados, con brillantes títulos en su pared curricular,  se ven obligados a huir porque esos pergaminos no les proveen el sustento ni les aseguran el porvenir; de nada les sirven  frente al abandono, convertidos en  víctimas de políticas erradas,  sufriendo la falta de oxígeno en el aire contaminado de la ausencia. Entonces se arriesgan, y aunque llevan sus brillantes documentos apretujados de sellos y de firmas,  se convierten en forasteros dondequiera que vayan; forasteros ilustrados, pero anónimos y extraños en un mundo que no les pertenece ni se sienten parte de él. Unos y otros, los que se van y los que llegan, con toda la carga de esperanza sobre la espalda, también se ven con la frente cubierta de espinas y bajo los pies desnudos, vidrios rotos de ventanas tatuadas en la piel del desconcierto. Uno los ve a través de la pequeña pantalla y algo en nuestro interior  nos empuja hacia la costa, hacia ese acantilado de verbos con zapatos agujereados y pateras desvencijadas. También nos incita a meternos en el aeropuerto de luces rutilantes y en el frío andén de la estación ferroviaria, con sus lágrimas golpeando rieles de impotencia. Es nostalgia que nace sin padres, huérfana resignada y mártir sin dolientes. Es el dolor de saberse ignoto, la huida de un territorio bombardeado por cañones de desidia, que siguen disparando desde una montaña, con su joroba de presunto país desarrollado. La emigración, tanto como la inmigración (conozco ambas en primera persona),  son ese libro con páginas de desgarramientos, de mucha soledad y angustia. También de párrafos de convicción, capítulos de aliento y entusiasmo; notas de firmeza y persuasión sobre hojas de vida pintadas de esperanza. Es que cinco millones de ansiedades haciendo cola a las puertas de la oficina de (des) empleo dan miedo, más bien, aterrorizan y oscurecen ese cielo tenebroso que nos cubre y amenaza con una tormenta indefinida.


El café como único disfrute
Me imagino la escena a través del bruñido cristal, o sentado a la mesa, como cualquier parroquiano tradicional y costumbrista, en una céntrica calle de esta ciudad o de cualquier otro rincón del país: la taza de café humeante en la mano derecha, balanceándose a intervalos de sorbos (soplos y miradas incluidos); en la izquierda, con la incomodidad de costumbre, el periódico de turno, bien cargado, disparando las noticias del día, los goles de ayer, los muertos de siempre, el clima parecido pero diferente de cada jornada, y el camarero que corretea entre las mesas con la bandeja en equilibrio, los cruasáns enfilando sus cuernos de una esquina a otra del salón; los pinchos de tortilla, bocadillos de lomo, “beicon” o calamares, haciéndose un hueco en el desayuno nacional, acompañando las tertulias (unas más aburridas que otras) que las distintas televisoras transmiten desde primera hora de la mañana, en las que las crónicas de sucesos (crímenes sin culpables, asesinos en libertad, droga incautada, etc.) se imponen ante las diatribas políticas, desahucios, huelgas, precipitaciones abundantes, rachas de viento fuerte por el noroeste,  y mucha publicidad, y ¡toma más publicidad!, hasta convertir la pantalla en un almacén de anuncios que nadie quiere ver ni oír, aunque sean tentadoras ofertas de temporada o fabulosos artículos de “dos por uno”. Por otro lado,  algo importante que se me ocurre en este momento (y no quiero polemizar con los fumadores), pero ahora los bares huelen a limpio, a suelo recién fregado, a porcelana estrenada, a ese perfume femenino que se queda en el ambiente aunque la dama se haya marchado hace rato; en dos palabras: Huelen bien. Será por esa razón que desde hace algún tiempo el café se saborea lentamente, con total placidez y deleite, primero se percibe el aroma por las fosas nasales y penetra en ese rincón del cerebro donde confluyen todas las sensaciones agradables, luego procedemos a llevarnos la taza a la boca y es allí donde se alborotan todos los sentidos al contacto con la lengua, porque el café es de los pocos placeres líquidos que no se puede tomar de un solo trago, como un vaso de agua, un “güisqui” o una cerveza; hay que ir poco a poco, sorbo a sorbo y hay quien se tarda varios minutos en llegar al fondo del asunto (taza), como si no hubiera ninguna prisa por concluir ese encuentro matutino con el líquido oscuro, caliente y dulce que nos despierta, nos seduce y nos anima a seguir la senda del día con el ánimo exaltado y el optimismo en ebullición. Con una taza de café en la mano sentimos que la paz en el mundo es posible y que el paraíso no está en ninguna otra parte, sino dentro de nosotros mismos, en un rincón ignoto del estómago; además, nos ayuda a olvidarnos por unos momentos del alto costo de la vida, de la factura eléctrica, de la hipoteca, del mal tiempo, de las injusticias, de las colas del Paro; todo se disipa de nuestras cavilaciones entre sorbo y sorbo, porque toda nuestra atención está en ese círculo blanco con fondo oscuro, dulzón, sugestivo y  placentero, que nos hechiza y capta toda nuestra atención. A un lado queda el drama de tener que esperar un año para operarte una simple catarata, que el rendimiento escolar esté a la cola de Europa, que por muchas frases mareantes de cifras y datos ininteligibles, con que el Gobierno intente convencernos cada día, nuestra economía (la doméstica, la de andar por casa) no se ve estimulada ni una milésima en las estadísticas del bolsillo deshabitado. Llegamos a un punto en el que cada uno anda a lo suyo, haciendo gala de un individualismo exacerbado, en el que prevalece aquello de “búscate la vida” y “esto es lo que hay”. Estamos en una encrucijada donde solo subsiste el afán de supervivencia; la vida (como dice la canción) se nos ha convertido en un eterno carnaval y cada uno muestra su preciada máscara según la ocasión, y que cada uno aguante el chaparrón de vicisitudes con su propio paraguas (si lo tiene), porque nadie le va a prestar el suyo, ni por un momento de necesidad. Y no nos queda otro disfrute que el café. Un simple café.