viernes, 1 de noviembre de 2013



El café como único disfrute
Me imagino la escena a través del bruñido cristal, o sentado a la mesa, como cualquier parroquiano tradicional y costumbrista, en una céntrica calle de esta ciudad o de cualquier otro rincón del país: la taza de café humeante en la mano derecha, balanceándose a intervalos de sorbos (soplos y miradas incluidos); en la izquierda, con la incomodidad de costumbre, el periódico de turno, bien cargado, disparando las noticias del día, los goles de ayer, los muertos de siempre, el clima parecido pero diferente de cada jornada, y el camarero que corretea entre las mesas con la bandeja en equilibrio, los cruasáns enfilando sus cuernos de una esquina a otra del salón; los pinchos de tortilla, bocadillos de lomo, “beicon” o calamares, haciéndose un hueco en el desayuno nacional, acompañando las tertulias (unas más aburridas que otras) que las distintas televisoras transmiten desde primera hora de la mañana, en las que las crónicas de sucesos (crímenes sin culpables, asesinos en libertad, droga incautada, etc.) se imponen ante las diatribas políticas, desahucios, huelgas, precipitaciones abundantes, rachas de viento fuerte por el noroeste,  y mucha publicidad, y ¡toma más publicidad!, hasta convertir la pantalla en un almacén de anuncios que nadie quiere ver ni oír, aunque sean tentadoras ofertas de temporada o fabulosos artículos de “dos por uno”. Por otro lado,  algo importante que se me ocurre en este momento (y no quiero polemizar con los fumadores), pero ahora los bares huelen a limpio, a suelo recién fregado, a porcelana estrenada, a ese perfume femenino que se queda en el ambiente aunque la dama se haya marchado hace rato; en dos palabras: Huelen bien. Será por esa razón que desde hace algún tiempo el café se saborea lentamente, con total placidez y deleite, primero se percibe el aroma por las fosas nasales y penetra en ese rincón del cerebro donde confluyen todas las sensaciones agradables, luego procedemos a llevarnos la taza a la boca y es allí donde se alborotan todos los sentidos al contacto con la lengua, porque el café es de los pocos placeres líquidos que no se puede tomar de un solo trago, como un vaso de agua, un “güisqui” o una cerveza; hay que ir poco a poco, sorbo a sorbo y hay quien se tarda varios minutos en llegar al fondo del asunto (taza), como si no hubiera ninguna prisa por concluir ese encuentro matutino con el líquido oscuro, caliente y dulce que nos despierta, nos seduce y nos anima a seguir la senda del día con el ánimo exaltado y el optimismo en ebullición. Con una taza de café en la mano sentimos que la paz en el mundo es posible y que el paraíso no está en ninguna otra parte, sino dentro de nosotros mismos, en un rincón ignoto del estómago; además, nos ayuda a olvidarnos por unos momentos del alto costo de la vida, de la factura eléctrica, de la hipoteca, del mal tiempo, de las injusticias, de las colas del Paro; todo se disipa de nuestras cavilaciones entre sorbo y sorbo, porque toda nuestra atención está en ese círculo blanco con fondo oscuro, dulzón, sugestivo y  placentero, que nos hechiza y capta toda nuestra atención. A un lado queda el drama de tener que esperar un año para operarte una simple catarata, que el rendimiento escolar esté a la cola de Europa, que por muchas frases mareantes de cifras y datos ininteligibles, con que el Gobierno intente convencernos cada día, nuestra economía (la doméstica, la de andar por casa) no se ve estimulada ni una milésima en las estadísticas del bolsillo deshabitado. Llegamos a un punto en el que cada uno anda a lo suyo, haciendo gala de un individualismo exacerbado, en el que prevalece aquello de “búscate la vida” y “esto es lo que hay”. Estamos en una encrucijada donde solo subsiste el afán de supervivencia; la vida (como dice la canción) se nos ha convertido en un eterno carnaval y cada uno muestra su preciada máscara según la ocasión, y que cada uno aguante el chaparrón de vicisitudes con su propio paraguas (si lo tiene), porque nadie le va a prestar el suyo, ni por un momento de necesidad. Y no nos queda otro disfrute que el café. Un simple café.

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